Dante caminaba por los pasillos de la clínica con un nudo en el estómago que no lograba descifrar. Era algo parecido a la culpa y una gran ansiedad que le oprimía el pecho con cada paso.
En sus manos apretaba un ramo de orquídeas blancas, las favoritas de Karina, cuyo aroma dulce parecía fuera de lugar en aquel ambiente saturado de olor a desinfectante. Sabía perfectamente que ella lo estaba evitando, intentando ganar tiempo para no enfrentar el escándalo de la prensa que él, sin querer, había provocado. Su único propósito era pedirle disculpas, verla a los ojos y asegurarle que, a pesar de todo el caos, estaba de su lado.
Sin embargo, al llegar a su oficina, la encontró vacía. El silencio allí dentro era pesado, casi sepulcral, con el escritorio perfectamente ordenado como si la vida se hubiera detenido de golpe en ese mismo instante. Confundido y con el presentimiento de que algo andaba mal, salió de nuevo al pasillo y detuvo a una de las médicas que pasaba a toda prisa con un exped