Mientras la ciudad dormía bajo la falsa calma de la noche, la cabaña en el bosque hervía como una olla a presión. Julián había estado consumiendo por el odio y el whisky barato. Caminaba de un lado a otro, haciendo crujir las tablas del suelo, mientras Olivia intentaba abrocharse el vestido con dedos torpes. La mirada de Julián ya no buscaba su cuerpo; buscaba un culpable.
Llevaban semanas intentado deshacerse de Dante, pero el maldito continuaba tan aferrado a la vida como un marinero en una enorme tormenta. Lo que Olivia hacía no era ni remotamente suficiente para satisfacer a Julian, y cada día que pasaba era un día más que estaba lejos de su hija, sufriendo por tenerlas. Ya no podía aguantar más tiempo. Tenían que acabar con Dante ya.
—¡No estás haciendo las cosas bien, Olivia! —escupió Julián en voz alta y enojada, deteniéndose en seco frente a ella. El sudor le pegaba el cabello a la frente y su aliento olía a destilería—. El tiempo se nos acaba. Dante debería estar bajo tierra