La terraza del restaurante colgaba sobre la ciudad como un nido de cristal bajo una luna llena que bañaba todo. Karina observó el entorno con ojo crítico. Vio los manteles de lino pesado, el aroma a velas de sándalo y una orquesta que desgranaba notas de jazz suave al fondo. No le sorprendía el despliegue. Dante siempre había tenido una debilidad por lo ostentoso, pero le resultaba irónico que la trajera a un lugar tan sofisticado ahora, cuando durante su matrimonio las salidas se contaban con los dedos de una mano.
Dante rompió el silencio tras el primer brindis, dejando la copa de cristal sobre la mesa con un chasquido seco.
—Estás realmente hermosa esta noche, Karina. El negro te sienta mejor que cualquier bata de hospital —dijo él, sin apartar los ojos de los suyos—. Podía decir que todos los colores te hacen ver maravillosa, pero el negro fue creado para ti.
Karina se colocó el cabello detrás de las orejas y le sonrió. Se sentía de nuevo cortejada, como si de nuevo fueran esos jo