La noche en la mansión Ashworth se sentía como una tumba gélida y asfixiante. Olivia permanecía sentada al borde del colchón de plumas, con la mirada fija en la figura de Dante.
Él roncaba de forma rítmica, sumido en un letargo pesado provocado por el exceso de whisky de malta que bebió sin parar durante los últimos tres días. Incluso en la inconsciencia del sueño, las facciones de su prometido conservaban una amargura estricta que ella no lograba suavizar con sus caricias. Olivia ya no sabía qué hacer para que Dante volviera a ser el mismo hombre. Era como si después de Karina Dante ya no sirviera para nada más que beber.
En ese instante, la vibración del teléfono sobre la mesita de noche rompió el silencio. Un mensaje de Julian iluminó la estancia con un brillo azulado. Julian estaba dispuesto a recuperar el terreno que Olivia pensó que puso entre ambos, y llegó en el momento justo.
«Te espero en el restaurante del Hotel Continental. Tengo un plan para que alcancemos la dicha real.