La noche en la mansión Ashworth se sentía como una tumba gélida y asfixiante. Olivia permanecía sentada al borde del colchón de plumas, con la mirada fija en la figura de Dante.
Él roncaba de forma rítmica, sumido en un letargo pesado provocado por el exceso de whisky de malta que bebió sin parar durante los últimos tres días. Incluso en la inconsciencia del sueño, las facciones de su prometido conservaban una amargura estricta que ella no lograba suavizar con sus caricias. Olivia ya no sabía q