La suite principal de los Ashworth permanecía sumergida en una penumbra artificial, interrumpida apenas por el resplandor de las velas que Olivia encendió con meticulosidad para crear ambiente.
El aire, denso y saturado por el aroma dulzón de un perfume de alta gama, se sentía como una trampa de seda. Dante ocupaba el sillón de cuero frente al ventanal y sostenía una copa de whisky con una firmeza mecánica, mientras sus ojos observaban a la mujer que se movía ante él con una confianza casi depredadora.
Olivia dejó caer su bata de satén al suelo con un deslizamiento silencioso. Debajo, un conjunto de lencería negra traslúcida apenas ofrecía resistencia a la vista, revelando cada curva de su piel con una intención descarada. Ella inició un baile lento, una coreografía de provocación donde sus manos trazaban el contorno de sus caderas y ascendían por su abdomen en una caricia narcisista.
Sus pupilas, dilatadas por la ambición y el deseo de posesión, buscaban una chispa de fuego en el hom