Para Luciano Stanton, el universo colapsó en una sucesión frenética de destellos de cámaras y notificaciones judiciales. El peso del papel oficial que lo citaba en la jefatura de policía para responder por la denuncia de agresión sexual quemaba en sus manos y lo hizo sentirse más pequeño que una hormiga. Su pulso se desbocó, no ante el temor a las celdas, sino por el horror absoluto de saber que Karina lo consideraba capaz de tal atrocidad.
Desesperado, Luciano intentó localizarla durante horas interminables. Marcó el número de la mansión hasta el cansancio, llamó al hospital y contactó a Teo, pero solo obtuvo silencios gélidos o amenazas directas de que irían contra él para matarlo por violador. Finalmente, tras una mediación exhaustiva de sus abogados, Karina accedió a un encuentro en una sala de conferencias neutral, bajo la estricta vigilancia de sus equipos legales y de Julian, que no la dejaba ni respirar sola.
La sala de juntas estaba cargada de una electricidad estática que er