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Tras abandonar la comisaría, el trayecto de regreso a la mansión Harroway se convirtió en un desfile de sombras bajo la luz de las farolas y el sentimiento de ahogo de Karina.

Julian se había erigido como la única voz que Karina toleraba, y como un filtro constante que distorsionaba la realidad para aislarla del mundo. Cada vez que el teléfono de la residencia quebraba el silencio, Julian se apresuraba a interceptar la llamada; cada vez que Teo o el abuelo inquirían por el estado anímico de la doctora, él tejía excusas sobre el agotamiento extremo derivado de sus guardias en el hospital y de que necesitaba una pausa del asunto del divorcio.

—Es mejor así, pequeña —susurró Julian en la penumbra del pasillo, mientras apretaba el hombro de Karina con una fuerza que pretendía ser afecto—. Si Teo se entera de la denuncia, querrá hacer justicia por su mano y terminará tras las rejas. Y el abuelo... su corazón no soportaría la vergüenza de saber lo que ese animal te hizo. Confía en mí. Soy e
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