Tras abandonar la comisaría, el trayecto de regreso a la mansión Harroway se convirtió en un desfile de sombras bajo la luz de las farolas y el sentimiento de ahogo de Karina.
Julian se había erigido como la única voz que Karina toleraba, y como un filtro constante que distorsionaba la realidad para aislarla del mundo. Cada vez que el teléfono de la residencia quebraba el silencio, Julian se apresuraba a interceptar la llamada; cada vez que Teo o el abuelo inquirían por el estado anímico de la