La atmósfera en Chicago se volvió irrespirable y una neblina gris y espesa envolvía los rascacielos, como si la ciudad misma presagiara el escándalo que estaba por estallar. Ana no necesitó mucho tiempo para ejecutar su venganza; le bastó una llamada desde un teléfono público y un sobre rebosante de documentos filtrados a la prensa amarillista para prender la mecha.
A primera hora de la mañana, los quioscos no exhibían noticias financieras ni crónicas de sociedad. Los titulares gritaban con letras escarlata la desgracia de la dinastía más respetada de la ciudad.
«¿FILÁNTROPO O DEPREDADOR? LUCIANO STANTON DENUNCIADO POR ABUSO SEXUAL CONTRA KARINA HARROWAY»
La noticia corrió como pólvora en un bosque seco y se prendió como un incendio. La reputación de Luciano, construida durante décadas de caridad, se hundía en tiempo real bajo el peso de la opinión pública, mientras el nombre de Karina era arrastrado por el fango, convirtiéndose en el chisme predilecto de cada café y oficina, menciona