La atmósfera en Chicago se volvió irrespirable y una neblina gris y espesa envolvía los rascacielos, como si la ciudad misma presagiara el escándalo que estaba por estallar. Ana no necesitó mucho tiempo para ejecutar su venganza; le bastó una llamada desde un teléfono público y un sobre rebosante de documentos filtrados a la prensa amarillista para prender la mecha.
A primera hora de la mañana, los quioscos no exhibían noticias financieras ni crónicas de sociedad. Los titulares gritaban con let