En la penumbra asfixiante de su habitación, donde las sombras parecían reptar por las paredes, Karina observaba con fijeza la pantalla de la computadora que Julian había colocado frente a ella.
Sus manos temblaban con tal violencia que se vio obligada a entrelazar los dedos sobre su regazo para no estallar en un nuevo ataque de llanto. Julian, de pie a su espalda como una torre de vigilancia, emanaba una energía que ella percibía como una protección absoluta y letal, ignorando que esa misma som