En la penumbra asfixiante de su habitación, donde las sombras parecían reptar por las paredes, Karina observaba con fijeza la pantalla de la computadora que Julian había colocado frente a ella.
Sus manos temblaban con tal violencia que se vio obligada a entrelazar los dedos sobre su regazo para no estallar en un nuevo ataque de llanto. Julian, de pie a su espalda como una torre de vigilancia, emanaba una energía que ella percibía como una protección absoluta y letal, ignorando que esa misma sombra era la que acababa de asfixiar su libertad para siempre.
—Mira esto, Karina —sentenció Julian con una gravedad que le erizó los cabellos de la nuca. Sus dedos, ágiles y fríos, pasaron los archivos como si fuera una presentación—. La invitación que recibiste salió directamente del número privado de Luciano. No hubo intermediarios, ni errores de red, y aquí aparece lo peor.
Julian reprodujo un video de seguridad del restaurante L'Étoile. La imagen, aunque granulada y teñida de un tono grisáceo