Las voces se alzaron como un eco de incredulidad, un susurro creciente que se esparció como pólvora por todo el salón.
La mujer hablaba con seguridad, sin temblor en la voz, sin rastro de vergüenza.
Sus palabras cayeron como cuchillas sobre la reputación de Abril, dejando a todos boquiabiertos, estupefactos, juzgando en silencio. Nadie podía creerlo.
Todos, menos Gregorio.
Él no murmuró, no pestañeó siquiera.
Sus ojos, oscuros y encendidos, se clavaron en la mujer con una mezcla de sorpresa y d