Abril no pudo más. El asco, la rabia y el miedo se le agolparon en el pecho como una tormenta a punto de estallar.
Con un impulso visceral, le dio una fuerte rodilla en sus partes nobles.
Gregorio lanzó un chillido ahogado, doblándose de dolor, y en ese instante, Abril alzó la mano y lo abofeteó con todas sus fuerzas, dejando una marca roja en su mejilla.
Luego escupió frente a él, con el rostro encendido de furia.
—¡Me das asco, Gregorio! —gritó con voz rota, temblando de rabia—. ¡Cómo pude ama