Mia lo miró, y en lo más profundo de su ser, un escalofrío la recorrió.
Sentía un asco visceral, tan hondo que tuvo que contener el impulso de apartar su mano de inmediato.
¿Cómo podía tener el descaro de pedirle eso?
La indignación le quemaba el pecho, pero al mismo tiempo, como un látigo envenenado, regresaban a su mente los rostros de los Dubois.
Esa familia que, con todas sus sombras y cicatrices, había abierto un lugar para ella. Esa familia que había salvado su vida, dándole un refugio, un