Gregorio caminaba de un lado a otro en el pasillo del hospital, con el corazón, latiéndole tan fuerte que apenas podía respirar.
Su rostro estaba desencajado, los ojos enrojecidos de tanto llorar.
—¡¿Dónde está Jessica?! —gritó de pronto, desesperado, como si su voz pudiera traerla de vuelta o darle sentido a lo que estaba ocurriendo.
Su madre estaba sentada en una banca, cabizbaja, sin poder responder.
Esa mujer fingía un falso dolor, pero Gregorio, tan ignorante como siempre, no podía verlo.
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