Amadeo bajó del avión con el rostro endurecido por la determinación.
Su silueta imponente descendía lentamente por la escalinata metálica mientras el viento azotaba su abrigo. Se detuvo por un segundo, clavando la mirada en el horizonte, como si el universo entero pudiera escuchar su silenciosa promesa.
Se giró hacia uno de sus hombres y, con voz grave, ordenó:
—Sube al avión. Que nadie note que Amadeo Dubois no va en ese vuelo. ¿Entendido?
El guardia asintió con firmeza.
—Sí, señor.
Y de inmedi