Un empujón tras otro hizo que la cama se sacudiera con mayor fuerza. La mujer, víctima de esas violentas embestidas, no paraba de gritar, extasiada con cada intromisión repentina.
—¡Más! ¡Más! —suplico en medio de esa bruma de lujuria.
El hombre, de cabello rubio, canoso; meció sus caderas con fuerza, llevando su virilidad a puntos más profundos.
En cuestión de segundos, el orgasmo los alcanzó a ambos, los gemidos se intensificaron al punto en que parecían atravesar las paredes de aquel re