Han pasado tres semanas.
Si Lía pensaba que fregar suelos era duro, entrenar para el Rey Alfa es una tortura diseñada meticulosamente para romper el espíritu de cualquiera. Pero Lía no se rompe. Se dobla, sangra y llora en silencio cuando los músculos le arden tanto que no puede ni levantar la cuchara para comer, pero no se rompe.
El amanecer apenas tiñe el cielo de gris cuando Magnar la despierta de la forma habitual, arrancándole la manta y tirándole una bota de cuero a la cara. Un gesto llen