Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol de la mañana golpea los párpados de Lía, despertándola de un sueño profundo y extraño.
Por un segundo, al sentir la suavidad de las sábanas bajo sus dedos, cree que ha muerto y que esto es el Paraíso de la Diosa Luna. No hay frío, no hay paja rancia colándose por su ropa, y no hay gritos de capataces ordenándole fregar el suelo.
Abre los ojos de golpe al recordar dónde está.
No es el paraíso. Es la habitación contigua a la del Rey Alfa.
Se sienta en la cama estrecha, con el corazón acelerado. Se toca el cuello, los brazos, el pecho. Está entera. No hay marcas de garras, no hay dolor. Ha sobrevivido a la noche.
—Arriba —una voz grave y seca llega desde la puerta abierta que conecta con la habitación principal.
Lía salta de la cama, ajustándose la bata de seda que se le ha resbalado por el hombro. Camina con pies descalzos hacia el umbral, temiendo lo que va a encontrar.
Magnar está allí. Y la imagen le roba el aliento por un segundo.
El Rey está de pie junto a la mesa, terminando de abrocharse los brazaletes de cuero en los antebrazos. Ya se ha vestido con su ropa de entrenamiento: pantalones negros y una camisa ajustada que marca cada músculo de su torso. Junto a él, hay otro hombre. Un lobo alto, de cabello gris acero y mirada calculadora, que sostiene una tableta de notas.
Es Darius, el Beta Real, la mano derecha del Rey. El segundo lobo más poderoso del reino.
Darius mira a Lía con los ojos muy abiertos, su nariz se mueve levemente, olfateando el aire. Lía se encoge, consciente de su aspecto desaliñado y de la bata transparente.
—¿Ella es...? —empieza a preguntar Darius, incrédulo.
—Ella es Lía —interrumpe Magnar con voz firme. Se gira hacia ella y le hace un gesto para que se acerque. Lía obedece, caminando con la cabeza baja, sintiendo la mirada del Beta clavada en ella—. Y a partir de hoy, es mi sirvienta personal.
Darius parpadea, confundido. Después de lo ocurrido la noche anterior, no le parece correcto.
—Majestad, con todo respeto... tenemos personal calificado para...
—No quiero a nadie más entrando en mis habitaciones —gruñe Magnar, y el Beta cierra la boca al instante—. Ella se encargará de mi ropa, de mi comida y de mantener este lugar en orden. Transmite la orden a la guardia y al servicio.
Magnar camina hasta quedar frente a Lía. La toma del brazo y Lía siente un escalofrío, pero no de miedo.
—Y déjales claro, nadie la toca, porque es mía… —sentencia el Rey, mirando a su Beta—. Nadie la mira mal. Nadie le da órdenes excepto yo. Si alguien se atreve a ponerle una mano encima, perderá esa mano. ¿Entendido?
Darius asiente, recuperando su postura profesional, aunque la sorpresa sigue en sus ojos.
—Entendido, mi Rey. ¿Debe acompañarnos al entrenamiento?
—No. Tiene que buscar sus cosas. Que vaya a los barracones de su manada y traiga lo poco que tenga. Se muda aquí ahora mismo.
Magnar retira la mano de su hombro, le entrega una capa para que se cubra y la mira a los ojos. Por un segundo, esa conexión eléctrica vuelve a vibrar entre ellos.
—Ve y no tardes. Odio esperar.
Lía asiente, incapaz de hablar, y sale de la habitación real hacia el pasillo. El camino hacia la salida es surrealista.
Lía camina con la cabeza alta, aunque por dentro tiembla. Los sirvientes que se cruzan con ella se detienen en seco. Las doncellas cuchichean tapándose la boca. Los guardias la miran con una mezcla de respeto y terror.
—¡Está viva! —escucha que susurran—. Durmió con él...
—Huele a él... ¡por la Diosa, el olor es potente!
Lía no se había dado cuenta, pero ahora lo percibe. Su piel, su cabello, incluso la bata de seda que lleva bajo una capa prestada, todo en ella huele a bosque y lluvia. Huele a Rey Alfa. Es una marca invisible, más potente que cualquier tatuaje.
Llegar a la zona de servicio de su manada es como volver a una vida pasada. El olor a lejía y sudor reemplaza al lujo del palacio.
Entra en su pequeña habitación para recoger su único par de zapatos y el medallón de su madre, y un par de prendas que decide colocarse en ese instante, detesta ir casi desnuda. Y se queda con la capa del Rey, para seguir alejando a todos.
Al salir al patio común, el sol la ciega momentáneamente.
—Vaya, vaya. Miren quién decidió honrarnos con su presencia.
La voz le hiela la sangre.
Lía se detiene y gira la cabeza. Kian está allí, apoyado en una columna de madera, rodeado de sus inseparables amigos. Lía sonríe al recordar su expresión de miedo la noche anterior, pero ahora, a la luz del día y lejos de Magnar, su arrogancia ha vuelto.
—Pensé que te sacarían en una bolsa negra —dice Kian, dando un paso hacia ella.
Lía aprieta la bolsa de tela contra su pecho. La tristeza de anoche ha desaparecido, reemplazada por una brasa caliente de ira.
—Déjame pasar, Kian.
—¿O qué? —se burla él, acercándose más.—. ¿Ahora te crees importante porque le calentaste la cama al monstruo una noche? Sigues siendo una «sin piel». Una basura que nadie quiere.
Kian estira la mano para agarrarla del brazo, con la intención de empujarla contra la pared y humillarla como solía hacer.
—Te dije que... —pero en el momento en que sus dedos rozan la piel de Lía, Kian se detiene de golpe.
Su rostro palidece drásticamente y sus pupilas se dilatan.
El Beta retrocede tambaleándose, como si hubiera tocado un hierro al rojo vivo. Se lleva una mano a la nariz, con arcadas, mientras su lobo interior gime de terror puro.
—¡Diosa! —jadea Kian, mirando a Lía con horror absoluto—. ¡Apestas a él!
El aroma de Magnar en ella es una barrera física. Para un lobo como Kian, tocar a Lía ahora es como intentar tocar al Rey mismo. Su instinto de sumisión lo obliga a retroceder, con las rodillas temblándole.
Lía se queda quieta, sorprendida por el poder que la envuelve. Ve el miedo en los ojos de quien fue su verdugo, cómo Jarek y los otros bajan la cabeza, incapaces de sostenerle la mirada debido al aroma del Alfa que la impregna.
Por primera vez en su vida, Lía no es la víctima.
Da un paso hacia Kian. Él retrocede dos.
—No me vuelvas a tocar —sisea ella, y su voz sale cargada de un veneno que no sabía que tenía—. Y no me vuelvas a dirigir la palabra. Porque la próxima vez, no seré yo quien te responda. Será el dueño de este aroma.
Kian traga saliva, mudo y aterrorizado.
—Soy suya, y mi tarea es hacer que se respete su propiedad.
Lía le sostiene la mirada unos segundos más, grabándose su expresión de cobardía, y luego se da la vuelta. Camina hacia el auto que la espera para llevarla al palacio sin mirar atrás, sintiéndose más alta, más fuerte.
Desde otro auto discreto, Magnar observa la escena. La ha seguido para asegurarse de que nadie la tocara.
Sus sentidos agudos le han permitido escuchar cada palabra, ver cada gesto. Ha visto cómo el Beta intentaba amedrentarla y cómo su propio aroma lo ha puesto de rodillas.
Pero lo que le interesa al Rey no es la cobardía de Kian.
Es la mirada de ella.
Ha visto cómo Lía se ha erguido. Ha visto el fuego en sus ojos oscuros cuando ha amenazado a Kian. No había miedo, sino una sed de justicia que Magnar conoce muy bien, porque es la misma que le quema a él las entrañas desde hace años.
Una sonrisa lenta y peligrosa curva los labios del Rey.
—Bien —susurra al viento—. No eres una mascota, cachorra. Tienes colmillos… Ahora tengo que enseñarte a usarlos.
Protegerla es necesario, sí. Pero desperdiciar ese fuego sería un crimen. Si ella quiere venganza, él le dará las herramientas para tomarla. No será solo su sirvienta, será su obra maestra.
Y, por una razón que desconoce, le gusta, lo desea... Y al mismo tiempo, lo detesta.
—Darius.
—¿Señor? —responde su Beta, sentado a su lado.
—Prepara el campo de entrenamiento privado —ordena Magnar—. Y tráeme dos espadas de madera. La chica empieza hoy.







