Magnar camina con paso firme hacia las puertas del palacio, ignorando el peso de Lía en sus brazos. Para él, ella es ligera como una pluma, aunque la carga emocional que llevan ambos es lo que en realidad le pesa más.
—Tranquila, Lía. Ya estás a salvo.
—¿Ya no soy cachorra? —pregunta con debilidad y él dedica una sonrisa de medio lado, sin dejar de mirar el camino.
—Una cachorra no haría lo que acabo de ver.
Lía apoya la cabeza en el pecho del Rey con una leve sonrisa, escuchando el latido cons