Lía sigue el rastro de olor a podrido que deja Kian y se pregunta cómo no olió antes ese asqueroso hedor.
Tal vez por eso ya no camina con cautela, sino que corre con una velocidad normal, pero sigue siendo más de lo que tenía antes. Sus pies apenas tocan la nieve, impulsados por una fuerza que nace en la base de su columna y explota en cada músculo.
El bosque se abre en un claro iluminado por la luz grisácea del invierno y allí están. No son mercenarios esta vez, son dos lobos enormes que bloq