El silencio en los aposentos del Rey es pesado, pero ya no es frío tras ese primer día.
Lía entra cerrando la puerta tras de sí, con las manos temblorosas pegadas al pecho. La adrenalina del combate ha desaparecido, dejando paso a un dolor punzante y agudo en los nudillos, y la sangre ha empapado las vendas, que ahora se sienten rígidas y pegajosas.
Se dirige hacia su pequeña habitación para lavarse, pero una voz grave la detiene en seco.
—Si te quitas esas vendas tú sola, te arrancarás la piel