137. Aclarando un malentendido
Apenas cierro la puerta de mi oficina y me dejo caer en la silla, suena el teléfono.
No necesito adivinar mucho para saber quién es. Lo presiento. Me lo imagino con claridad. Solo hay una persona en esta empresa que no puede contenerse ni medio segundo ante un chisme fresquecito: Vanessa.
Respiro hondo y levanto el auricular.
—¡Miriam! —exclama su voz, tan cargada de drama que casi puedo verla del otro lado con las cejas arqueadas y una mano sobre el pecho.
—Hola, Vanessa —respondo con resi