Gabriel me miraba con tanta debilidad que mis lágrimas empezaron a caer desbordadas.
Lo había visto de muchas formas, siempre fuerte y gallardo, pero nunca tan frágil como ahora.
—No llores, Sara... no llores —intentó por un momento levantar la mano para secarme las lágrimas.
Sujeté con dulzura su mano y me sequé las lágrimas con la ropa.
¡Un momento!
No era mi ropa, era la chaqueta de Carlos.
Me había sacado apresurada del hotel en pijama y ya en el auto me dio su chaqueta.
Quise rechazarla, pe