El sabor de sus labios aún arde no solo en el cuerpo sino también en la memoria de Viktor, como una afrenta, una debilidad imperdonable que no puede permitirse, que se niega a darle cabida en su vida. Se siente amenazado, Alina Montenegro, con su dulzura inocente y su fuego latente, está logrando traspasar las barreras de su control por un fugaz instante, y eso lo enfurece. No es un hombre que se permita flaquezas, y menos por una chica que apenas entiende el mundo en el que comenzó a moverse.