GIANNA RICCI
El día de la fiesta se acercaba y yo me sentía cada vez más ansiosa. Revisé todas las puertas del convento, pensando que podría escapar por cualquiera, pero… había algo más que me obligaba a quedarme y esperar mi hora como cerdo en el matadero.
—No es tan malo… —dijo Teresa, leyéndome el pensamiento—. No todas las noches son… «así», y gracias a esos hombres es que podemos seguir aquí, protegidas, incluso de nuestras propias familias. Si nos quitan el apoyo, no sé qué será de nosotra