—Astrid —dijo sin apartar la mirada de Marchand—, espera afuera.
Ella dudó.
—Luca… —Ahora.
Su tono no dejó espacio para discusión.
Astrid lo miró, luego miró a Marchand, y por primera vez en toda la noche, algo cambió en su expresión.
Se enderezó. Y salió de la habitación.
Luca esperó hasta que la puerta se cerró.
Marchand rio entre dientes.
—¿Me harás una escena ahora, Moretti?
Luca sacó su teléfono del bolsillo, lo desbloqueó y deslizó la pantalla.
—Silvia.
Marchand frunció el ceño.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo?
—Lo que debí hacer desde que llegué —respondió Luca con frialdad.
Silvia contestó de inmediato.
—Dime.
—¿Ya tienes lo que pedí?
—Por supuesto. Todos los informes de Marchand están encriptados en tu correo.
Luca sonrió.
—Bien. Envíalos a donde corresponda.
Marchand se puso rígido.
—¿Qué informes?
Luca guardó su teléfono con calma.
—Ah, Jean-Pierre… —dijo con fingida decepción—. Todos estos años manejando la industria y ni siquiera escondes bien tu basura.
Marchand