El fluorescente del piso diecisiete parpadeaba con la persistencia de un tic nervioso, creando sombras danzantes sobre las caras de los empleados que deambulaban por los pasillos como zombies corporativos en busca de cafeína. Lucía ajustó sus gafas —esas que había comprado específicamente por ser lo más anodinas posible— y notó que algo había cambiado en la sinfonía habitual de la oficina.
Ya no era el murmullo predecible de "¿terminaste el reporte?" o "la fotocopiadora está descompuesta otra v