39.
SOPHIE
Despierto con la sensación incómoda de haber cruzado un límite invisible. No es culpa inmediata, no todavía. Es algo más físico, más sutil: el peso del aire, la conciencia de mi propio cuerpo en una cama que no es la mía, el recuerdo de unas manos que conozco demasiado bien como para fingir que fueron ajenas. El silencio de la habitación no me calma; me expone. Me obliga a recordar cada segundo sin la posibilidad de distraerme con ruido.
Me quedo mirando el techo largo rato, hasta que el