Esa mañana, Damien estaba sentado detrás de su gran escritorio, con los dedos golpeando con fuerza la superficie de madera. Sus ojos entrecerrados observaban las imágenes de las cámaras de seguridad en su portátil—mostraban al pequeño Joe con una chaqueta azul, saliendo por la puerta principal sin supervisión.
Las cejas de Damien se fruncieron profundamente.
—Salió solo... pero aún así —murmuró entre dientes—. Un niño de esa edad no podría haber hecho eso sin ayuda.
Se levantó, tomó su teléfono