El televisor de última generación en el penthouse de Mein Ling transmitía en bucle la imagen de Alessandro Di Santi y Thiago Ling rodeados de abogados, con la frente en alto frente a la prensa. En la mesa de centro, el receptor de radio emitía únicamente estática tras la desastrosa explosión en la residencia principal.
—¡Inútiles! ¡Incompetentes de mierda! —gritó Mein Ling, estrellando su copa de cristal contra la pared, dejando una mancha roja que goteaba como sangre sobre la pintura blanca.
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