El ambiente en el penthouse de Mein Ling era tan denso que casi se podía cortar con una hoja de afeitar. La radio táctica llevaba más de cuarenta minutos emitiendo una estática sorda. Ni una sola llamada de Darío. Ni un solo informe confirmando la destrucción del muelle.
El timbre de la entrada principal sonó con tres golpes secos y pesados.
Arturo, visiblemente alterado y con el sudor pegado a las sienes, abrió la puerta esperando ver al jefe de seguridad. En su lugar, solo encontró el pasillo