Al cruzar las puertas de la residencia, Bianca era un volcán a punto de hacer erupción. Clicaba los tacones contra el suelo con una fuerza desgarradora, echando chispas por los ojos y sujetando la carpeta de documentos como si fuera un arma de guerra. La mancha de agua sucia y barro en la falda de su traje blanco marfil era una herida abierta a su orgullo.
Angelo, su padre, salía en ese preciso instante del estudio privado con unas gafas de lectura en la mano. En cuanto levantó la vista y vio e