En una de las habitaciones adaptadas de la mansión Di Santi, el silencio solo era roto por el pitido de los monitores de signos vitales. Arrieta, con la frente empapada en sudor y las manos diestras trabajando a paso firme con el bisturí y las pinzas, extraía el proyectil del costado de Larius.
—Sostén la compresa aquí, rápido —ordenó Arrieta a su asistente—. La bala rozó la costilla pero no tocó órganos vitales. Este muchacho es duro de matar.
Tras una hora de tensión pura, Arrieta logró sutur