El auto avanzaba a toda velocidad devorando los kilómetros hacia su apartamento, pero la verdadera tormenta estallaba dentro de la cabeza de Sebastián. Giró el rostro hacia el asiento del copiloto, donde Stavros mantenía la vista fija en el camino, con la seriedad impasible de siempre.
—Stavros... dime una cosa —soltó Sebastián de repente, con la voz cargada de frustración mientras se pasaba una mano por el rostro—. ¿Por qué carajos me pasa esto? Primero la maldita acosadora de la gata loca met