CENA FAMILIAR.

Mientras tanto, en el ala privada de la mansión, ajenos al momento familiar del despacho, Ángelo Di Santi y Wei Ling compartían un whisky frente al gran ventanal que daba a los jardines de Miami. La atmósfera entre los dos viejos aliados era densa; el momento de entregar el mando definitivo estaba sobre ellos, pero la decisión de quién cargaría con el peso principal de la alianza seguía en el aire.

—Mis hijos tienen el fuego, Wei, pero Alessandro es quien tiene la cabeza más fría para liderar el territorio americano —comentó Ángelo, con su habitual voz grave.

—Y Thiago Yun tiene la disciplina de hierro para mantener a raya el dragón de la Tríada —replicó Wei Ling, sosteniendo la mirada gris del Demonio—. No es cuestión de quién es más fuerte, sino de quién mantendrá el pacto intacto.

—Creo que la mejor opción es que demuestren quién lo merece realmente.

La voz imponente de Mein Ling cortó el aire. La respetada matriarca entró a la sala con paso firme y elegante, acompañada por A Zhang, quien caminaba a su lado con una seriedad absoluta.

Ángelo y Wei se giraron para escucharla. Mein se detuvo frente a ellos, clavando sus ojos oscuros en ambos líderes.

—Propongo un desafío —continuó Mein, con una frialdad implacable—. Que demuestren quién es digno del trono buscando una esposa virgen de alta alcurnia, y que el ganador sea aquel que logre llevar a ambos clanes a un nivel más alto y poderoso de lo que nosotros jamás logramos. ¿Qué dicen?

Un silencio sepulcral cayó en la habitación. Ángelo se quedó viendo fijamente a Wei, analizando las implicaciones de una propuesta tan tradicional y peligrosa.

Wei Ling, sin embargo, tensó la mandíbula. Dio un paso al frente, y aunque el respeto por Mein era absoluto, su voz sonó firme y cargada de una protección paternal que no pensaba negociar.

—Madre, creo que eso no es una buena idea —sentenció Wei, con los ojos entrecerrados—. Nuestras hijas están dentro del clan, expuestas a los peligros de este mundo cada día. Introducir matrimonios arreglados de esa forma solo traerá más enemigos a nuestras puertas. Además... tampoco quiero que los chicos se casen por obligación con cualquiera. Ya no estamos en los viejos tiempos; el poder se gana con sangre y lealtad, no con contratos matrimoniales forzados.

Ángelo asintió levemente, apoyando la postura de su aliado. Sabía muy bien el precio que se pagaba cuando el amor y la mafia se mezclaban por obligación, y no quería ese infierno para sus herederos.

Ángelo asintió levemente, apoyando la postura de su aliado. Sabía muy bien el precio que se pagaba cuando el amor y la mafia se mezclaban por obligación, y no quería ese infierno para sus herederos.

Fue entonces cuando A Zhang dio un paso al frente, rompiendo su silencio con una media sonrisa que combinaba la astucia y la diversión.

—Hermano, creo que es lo mejor —intervino A Zang, mirando a Wei con complicidad—. Así vemos de qué son capaces realmente mis sobrinos bajo presión. Además, no olvides que nuestra hermana Yang vendrá hoy y, por lo que sé, ella quiere ser parte de todo esto.

Zhang cruzó los brazos, ensanchando su sonrisa mientras miraba de reojo a Ángelo y a su madre.

—Y quién sabe... si las chicas demuestran ser mejores que los chicos en los negocios y la estrategia, creo que el clan entero terminará siendo de mujeres —bromeó con ironía.

Una carcajada limpia rompió la tensión en la sala. Ángelo soltó una risa ronca, Wei negó con la cabeza divertido por la ocurrencia de su hermano, e incluso el imponente búnker pareció perder su frialdad por un instante.

Mein Ling, lejos de molestarse, dejó escapar una sonrisa de orgullo y asintió con elegancia, complacida por el fuego competitivo que compartía toda su estirpe.

—Es una buena jugada —sentenció la matriarca oriental, con sus ojos brillando con una fijeza letal—. Veremos qué tanto han aprendido nuestros hijos de nosotros. Que empiece el juego. Si los herederos quieren el trono absoluto, tendrán que demostrar que son capaces de conquistar el mundo, o dejar que las princesas les arrebaten la corona en sus propias narices.

Ángelo y Wei se miraron por un breve segundo, compartiendo esa complicidad de hombres que han gobernado el inframundo pero que saben perfectamente quién manda en casa.

—Está bien, estamos de acuerdo —cedió Ángelo, soltando una sonrisa de lado—. Aunque solo espero que Clara no mate a Wei por esto, y que Cassandra no me deje a mí en la calle.

Las risas volvieron a resonar en la estancia. A Zhang y Mein asistieron divertidos, sabiendo que el Demonio y el Dragón eran implacables con sus enemigos, pero completamente devotos a las mujeres que les habían salvado la vida.

Poco después, la reunión se dispersó. Wei se despidió de su madre y de su hermano, saliendo del búnker a paso firme. Tenía que buscar a su esposa antes de la cena familiar. Caminó por los pasillos de la inmensa mansión de Miami hasta llegar a la suite principal. Al entrar, se encontró con Clara, quien terminaba de retocarse frente al espejo, luciendo imponente y hermosa.

—Alessia ya llegó de viaje —anunció Wei, acercándose despacio mientras se desabrochaba los dos primeros botones de su camisa—. Llegó junto a Yang, su tía. Ya están abajo listas para la cena.

Clara se giró con una sonrisa cálida, sus ojos brillando al escuchar las buenas noticias.

—Ummm, me da gusto, mi dragón —respondió, acomodándole el cuello de la camisa con suavidad—. Pero, ¿sabes? Hoy te veo especialmente sexy.

Wei Ling sonrió con esa arrogancia felina que a ella tanto le fascinaba. La tomó de la cintura con firmeza, pegándola a su cuerpo sin pedir permiso.

—Uyy, mi loto... tú cada día estás más buena —le susurró cerca de los labios, con la voz rota por el deseo—. Ya quiero otra luna de miel.

Clara soltó una carcajada limpia, echando la cabeza hacia atrás, aunque sin soltarse de su agarre.

—¡Wei, para ya! Hemos tenido como treinta lunas de miel ya.

Los ojos del líder de la Tríada se oscurecieron, inyectándose de una posesividad salvaje que los años no habían logrado apagar ni un poco. La pegó por completo contra la pared más cercana, acorcolándola con su cuerpo.

—Me importa una m****a —sentenció Wei, con rudeza y pasión—. Siempre voy a querer sentirte, atraparte y hacerte gritar mi nombre.

Sin darle tiempo a replicar, Wei la reclamó en un beso salvaje, hambriento y profundo, recordándole que no importaba cuántos herederos tuvieran abajo esperando por el trono: ella seguía siendo su única dueña.

Mientras tanto, en la otra suite de la mansión, el ambiente era mucho más íntimo y reflexivo. Ángelo Di Santi terminaba de ajustarse el reloj de oro frente al espejo, pero su mente estaba atrapada en el despacho, repasando las palabras que diría en la cena y el peso del destino que estaba por dejar caer sobre los hombros de sus hijos.

La puerta del vestidor se abrió y Cassandra entró, luciendo deslumbrante en su vestido de gala. Al ver la fijeza de su mirada gris, se detuvo. Lo conocía mejor que nadie; sabía leer cada tensión en su mandíbula y cada silencio en su pecho.

—Mi demonio, ya estamos todos listos, solo faltas tú —le dijo con suavidad, acercándose a paso lento. Al notar que él ni siquiera pestañeaba, suavizó la voz—: ¿Qué tienes, mi amor?

Ángelo soltó un suspiro pesado, girándose para encararla. Sus ojos grises perdieron por un segundo la frialdad de la mafia al posarse en ella.

—Pues... solo es por la cena, Cassandra —confesó, con su característica voz grave—. Ver a toda la familia reunida me alegra, no lo voy a negar. Pero ver en lo que se han convertido todos los chicos... me pone melancólico. El tiempo pasó demasiado rápido.

Cassandra sonrió con ternura, acortando la distancia entre los dos. Rodeó su cuello con los brazos, pegando su cuerpo al suyo en un abrazo protector que siempre lograba calmar las tormentas del Demonio.

—Nuestras princesas son unas grandes universitarias y nuestros príncipes unos empresarios excelentes —le susurró, mirándolo a los ojos con orgullo, aunque luego una pequeña sombra cruzó su rostro—. Aunque... ya sabes que no me gusta que sigan en la mafia.

Ángelo la tomó de la cintura, atrayéndola aún más hacia él.

—Lo sé, mi rebelde —respondió con una media sonrisa, besando su frente—. Pero es parte de nuestra realidad, de nuestra sangre. Y además, ellos eligieron seguir con esto; nadie los obligó a tomar las armas. Nacieron para reinar en las sombras.

Cassandra dejó salir el aire en un soplido, rindiéndose ante la verdad absoluta de sus palabras.

—Sí, tienes razón, mi demonio... Uff, pero vamos, ¿sí? No queremos que Wei empiece la cena sin nosotros.

—Que lo intente —sentenció Ángelo con arrogancia, pero sus ojos ya brillaban con deseo.

Antes de dejarla ir, la atrapó por la nuca con firmeza y la reclamó en un beso profundo, cargado de esa pasión madura, posesiva y eterna que los unía desde el primer día en que ella entró a su vida a sanar sus heridas. Cassandra le correspondió con la misma intensidad, aferrándose a sus hombros, demostrando que el Demonio seguía siendo el único hombre capaz de encender su mundo.

Cuando finalmente se separaron, con la respiración alterada y una sonrisa cómplice, se tomaron de la mano y salieron de la habitación, listos para bajar juntos al gran comedor de la mansión, donde la dinastía entera esperaba por el inicio de la nueva era.

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