En la zona VIP del club El Olimpo, la pesadilla de Anaís se convertía en un infierno de angustia y asco. Los tres hombres la tenían completamente atrapada sobre el sofocante sillón de piel. La música retumbaba abajo mientras ella luchaba desesperadamente por liberarse, sintiendo la repugnancia de las manos bruscas y sudorosas que rasgaban la tela de su vestido.
—¡Déjenme! ¡No me toquen, malditos engendros! —gritó Anaís, pataleando con la poca fuerza que le quedaba y tratando de cubrirse el pech