El pitido rítmico de los monitores era el único sonido en la habitación privada del hospital. Aria abrió los ojos lentamente; la luz blanca del techo le dolió como un tajo. Tenía un vendaje en la cabeza y sentía el cuerpo pesado, como si estuviera sumergida en plomo.
Al girar la vista, vio a Victtorio. Estaba sentado a su lado, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas, todavía con la ropa chamuscada por el incendio. Al sentir el movimiento de Aria, él se incorporó de inmediato.
—Aria... g