Alonso
La ciudad hervía en luces y ruido, como un animal enloquecido que no dormía. Desde el asiento del auto, sentía que me devoraba los nervios. El zumbido constante de motores y bocinas me raspaba los oídos. Los semáforos se reflejaban en el parabrisas como lenguas de fuego.
Estaba estacionado a dos cuadras del edificio de Clara. El sudor me empapaba la espalda, aunque el aire acondicionado bramaba como una bestia herida. No era calor. Era ansiedad. Una tensión espesa, viscosa, me apretaba el