8.
Alba
—A la habitación no —le pedí mientras nos íbamos deshaciendo de la ropa.
—¿Por qué no? —me retó Gian—. Eso lo vuelve más excitante.
—Respeta mis límites.
—Sé que lo que diré es un tópico, pero los límites están para cruzarlos.
Aquellas palabras, en lugar de irritarme, me encendieron aún más. No sabía qué tenía Gian Lefebvre, pero me costaba demasiado resistir a la tentación.
De pronto, él me soltó, pero me dejó ayudarlo a deshacerse de su camisa. La poca luz que entraba por el ventanal y