76.
Gian
Nuestras caderas chocaban con fuerza tras cada embestida. Alba, con los ojos en blanco, se aferraba a mi nuca con una mano.
Me mordí el labio inferior, luchando por aguantar, lo que resultaba difícil. Ver sus pechos rebotar y su expresión de lujuria era una mezcla peligrosa. Ni la pornografía más gráfica podía llegar a ser más provocativa que aquella imagen.
—Deberíamos estar empacando —gimió—. ¡Pero qué delicia es no hacerlo!
—Nunca podremos estar solos sin que te coja —solté con un gruñi