64.
Alba
Mi pequeño se lanzó a mis brazos en cuanto crucé la puerta. Me había extrañado mucho, pero yo lo había extrañado aún más.
—Mi precioso, ya estoy aquí —le dije, como siempre.
—Dios mío, qué bueno que llegas. Me duelen los oídos —bromeó mamá, acercándose a donde estábamos—. No paraba de decir que ya quería verte.
—Lo siento, mamá —me disculpé, avergonzada—. Te juro que intenté llegar más temprano, pero el tráfico estaba terrible.
—Por Dios, Alba, solo bromeaba —se rio—. Sabes que amo cuidar