52.
Gian
Las palabras de Alba me quemaban con una fuerza arrasadora. No era que hubiera esperado otra cosa, luego de que esa maldita perra se atreviera a dejarme plantado, a engañarme y encima usar mi debilidad en mi contra, pero dolían tanto que me costó mantener la compostura.
La amaba locamente. Teniéndola frente a mí, lo volvía a comprobar. Anhelaba lanzarme sobre ella y suplicarle que olvidáramos todo, que no volviera a huir de mí y que repararía el daño ocasionado. Eso haría que toda mi bús