53.
Alba
Tenía la pequeña esperanza de que la partida de la isla fuese muy problemática, pero Gian estaba tan empecinado en llevarme con él que ni siquiera se le vio alterado al subirnos al ferri. Todo lo contrario; mantenía el temple, la cordura y, aunque me miraba con odio, no dejaba de vigilarme. El silencio fue nuestro principal acompañante durante el camino, uno en el que me habría gustado tener presente a Lucrecia para no sentirme tan asustada y a la deriva. Gian se había apoderado de todos