29.
Alba
En cuanto cerramos la puerta de su oficina, la ropa comenzó a desaparecer. Gian me alzó y me sentó en su escritorio, abriendo mis piernas para dejarme penetrar.
—Grita, amor, grita para que todos se enteren de que eres mi mujer —me pidió mientras me embestía de forma apasionada.
—Gian, yo...
—Te amo, Alba, no voy a permitir que te cases con ella. Estás conmigo, amor, solo conmigo.
Gemí muy fuerte ante esas palabras. Yo también sentía que lo amaba con todo el corazón, que no me impor