Carmen apareció corriendo desde la casa, con la cara descompuesta y el teléfono temblando en la mano.
—Ya informé a Dimitry, señor Nikolái —gritó, esquivándolos como si el mismo suelo quemara—. Viene con los abogados. Dígame, ¿qué hago?
Antes de que pudiera responderle, antes de que lograra siquiera asimilar el pánico en su voz, mis hombres invadieron el jardín como una ola negra: una masa compacta de trajes oscuros y miradas asesinas que no iban a dudar. En segundos, el patio se convirtió en un