Pov Sasha
La mansión me devuelve mis propios pasos como si se burlara de mí. Recorro la cocina, el salón, cada rincón vacío. Luciana no está. No hay ni rastro de su perfume, ni de sus libros, ni de la risa de Abigail. El silencio es una presencia física que me irrita la piel. Me sirvo un whisky, dejando que el líquido queme, y suelto una carcajada amarga.
—Esto es una maldita broma —me digo a mí mismo, mirando las escaleras—. Crees que puedes irte y que voy a rogarte, Luciana. Qué equivocada es