Puedo sentir el rugir del motor de taxi, bajo mis pies mientras observo cómo las luces de la ciudad se pierden tras nosotros. Me acomodo en el asiento trasero, abrazando con fuerza a mi pequeña Abigail, que continúa sumida en un sueño profundo. El bullicio nocturno de la ciudad no me molesta; al contrario, suena a libertad, a un ritmo que por fin puedo seguir sin pedir permiso.
Respiro profundamente y el aire ya no sabe a encierro ni a disimulos. Durante cuatro años me he sentido como un fantas