Después de ese beso tan posesivo y demandante, Nikolái se separó de mí de manera lenta, pero mantuvo su mano firme aferrada a mi cintura con una fuerza que me quemaba la piel a través de la tela de mi vestido.
Vladimir continuaba mirándome de una forma sumamente inquietante, como si intentara descifrar cada uno de mis secretos con solo clavar sus ojos grises en mi rostro. El patriarca ruso me saludó haciendo un gesto rígido con la cabeza, una muestra de cortesía barata que no ocultaba para nada