Sasha y Mila se aferraban a mis piernas como si el mundo se estuviera cayendo a pedazos. Sus pequeños rostros estaban cubiertos de lágrimas y sus sollozos me partían el alma en mil pedazos, haciéndome olvidar por completo mi propia rabia hacia ese viejo soberbio.
—Por favor, mamá, no te vayas nunca de nuestro lado, no le hagas caso a nuestro abuelo Vladimir porque él siempre es muy aburrido —me suplicó Sasha, escondiendo su cara húmeda en mi regazo.
—Desde que tú llegaste a vivir con nosotros s