Nueva York nos recibió con un viento que cortaba y un cielo gris que prometía tormenta. Bajamos del auto frente al imponente edificio de Thompson Enterprises y no sentí lástima ni duda en mi interior. Solo experimenté un hambre voraz de justicia, un deseo ardiente de ver caer a mi verdugo con mis propios ojos.
Nikolái caminaba a mi derecha, impecable como siempre, con esa presencia soberbia que hacía que la gente se apartara sola a nuestro paso. Dimitry iba detrás, con la pesada carpeta bajo el