El número privado seguía parpadeando en la pantalla.
Contesté sin pensar, porque en ese momento mi cerebro solo funcionaba para Lorena.
—¿Bueno? —dije, con la voz todavía rota.
Y entonces lo escuché.
Esa voz. Grave, pausada, con ese tono de hombre que jamás ha necesitado levantar el volumen porque el mundo entero siempre le ha obedecido de todas formas.
—Abril.
El teléfono se me resbaló de los dedos y golpeó las baldosas con un crack seco. Me quedé mirándolo en el suelo como si fuera una serpien